Turno 6

Entraron como un vendaval, los vestidos ondeando en torno a ellas, la decisión pintada en sus miradas y en sus rostros intemporales. El brillo del saidar las envolvía a todas. Antes de que Madelaf pudiera reaccionar, había sido completamente aislada, separada forzosamente de la Fuente.

—¿Qué clase de broma es ésta? —inquirió en tono amenazador.

—¿Cuál fue el precio? —preguntó Aditu con frialdad—. ¿A cambio de qué vendiste la Torre a sus enemigos? ¿Poder? ¿La inmortalidad? ¿Qué fue?
Madelaf miró a su alrededor con desdén. No les daría la satisfacción de defenderse desesperadamente, de suplicar… Aceptaría su destino, fuera el que fuera.

—Adelante. Haced lo que creáis conveniente. Todas hemos cometido errores… uno más no se notará entre la catástrofe.

Aditu asintió. De algún modo las demás hermanas la habían escogido como responsable de todo aquello. No lo deseaba, pero alguien debía hacerlo. Era lo lógico, al fin y al cabo.

—Madelaf, quedas despojada de tu cargo como Sede Amyrlin y de todos tus derechos como Aes Sedai. Por tus crímenes, se te negará para siempre el acceso al Poder Único, se te prohibirá llevar el Anillo y cualquier otro símbolo.

Neutralizada. Así que eso era. Sintió un escalofrío. Al igual que sucedía con cualquier hombre amansado, las mujeres que eran mutiladas de esa forma no vivían mucho tiempo. Sencillamente… perdían la motivación para seguir respirando.

Suspiró.

—Está bien —dijo Madelaf—. ¿Es lo que queréis? Entonces hacedlo. Solo espero que vuestro error no condene al mundo entero.


Se dispersaron en cuanto todo hubo terminado. Preferían no hablar del tema, comportarse como si nunca hubiera sucedido. Ahora tenían que seguir adelante, nombrar a una nueva Amyrlin y castigar a cualquier siervo del Oscuro que siguiera oculto en la Torre. Pero era mejor esperar al alba para aquello. Ciertas cosas debían hacerse durante la noche, otras a la luz del día.

Wind detuvo un momento a Aditu. Parecía incómodo; su Aes Sedai, Serenere, no había participado en la escena, pero la presencia del Guardián parecía indicar que, aunque ella se encontrara resolviendo otros asuntos, aprobaba lo sucedido.

—¿Sucede algo? —preguntó Aditu, arqueando las cejas. Al principio no comprendió lo que sucedía, no hasta que fue demasiado tarde. El sudor perlaba el rostro del Guardián, sus manos temblaban, y claramente parecía a punto de perder el control.

—Nos hemos equivocado —logró decir él, buscando con dedos temblorosos la empuñadura de la espada—. Mientras nos convertíamos en traidores, ellos seguían con sus crímenes… Acabando con nosotros poco a poco…

Se tambaleó, la espada saltó de la vaina. Aditu dio un paso hacia atrás, asiendo el Poder, pero él fue más rápido. El acero rozó el cuello de la Aes Sedai.

—He notado… el cuchillo… clavándose… —jadeó Wind, con los ojos inyectados en sangre, al borde del colapso—. Una… y otra… y otra…

Los encontraron juntos, tendidos sobre un charco de sangre, la espada a un lado de los cuerpos sin vida. El cadáver de Serenere apareció poco después. Claramente los problemas no habían terminado… y el tiempo se agotaba.

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