Turno 4

—No lo sé —reconoció Kerensky con voz temblorosa—. Realmente no lo sé. Yo nunca… Nunca serviría al Oscuro. Jamás.

—No te preocupes. Estamos recuperando el control, y no creo que haya más linchamientos… O no debería. Yo, desde luego, me he declarado en contra del tuyo. ¡Pues vaya caras han puesto en la Antecámara! —Sansalayne esbozó una sonrisa divertida, aunque sus ojos no sonreían realmente—. Se han indignado, pero alguien tenía que decirlo. Mi Guardián, no. Por ahí no iba a pasar.

Kerensky no pudo evitar dejar escapar una risa cansada. La tensión empezaba a dejar huellas notables en su aspecto; las ojeras, las arrugas de la frente, la mirada apagada por el agotamiento…

—¿Cómo lo lleva mi hermano?

—Anda lejos, persiguiendo a las Novicias como si fuera un pastor cualquiera, seguramente. Está tranquilo. Tú también deberías estarlo —pronunció estas últimas palabras casi como una orden. Kerensky conocía su carácter. Incluso esas cosas era preferible obedecerlas.

—Quédate tranquila. Si dices que no hay nada que temer, entonces no hay nada que temer.

—Descansa un poco, entonces. Tantas noches sin dormir no te harán bien. Y hasta vosotros tenéis un límite.

El gesto de la Aes Sedai cambió por completo una vez cerró la puerta; el peso de toda la responsabilidad pareció caer de pronto sobre su rostro intemporal. Era una suerte que existiera aquel truco para no sudar en cualquier situación. Parecería una pescadora de Tear ahora mismo de no ser por ello. NUE aguardaba junto a la puerta, con expresión de clara preocupación.

—¿Qué tal está? —preguntó.

—Bien —le tranquilizó Sansalayne—. Es un cabezahueca y está empeñado en culparse de demasiadas cosas, pero bien. Le noto más tranquilo ahora. Parece que por fin ha aceptado las cosas, puedo sentirlo, y está decidido, fuerte… Más… Dispuesto… a…

NUE reaccionó rápido, sosteniéndola antes de que se desplomara sin sentido en el pasillo. Antes incluso de escuchar los gritos desde el patio, decenas de metros más abajo ya comprendía lo que había sucedido con Kerensky.


La espada saltó a sus manos tan rápido que el movimiento fue casi imperceptible, pero eso no sirvió de mucho. Antes de que pudiera dar un paso, un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras el Poder le envolvía en forma de fuertes ataduras de Aire. Sus pies se separaron del suelo, y quedó suspendido, con los brazos en cruz, indefenso ante su oponente.

—Ni siquiera podéis hacerlo con un mínimo de orgullo —dijo, escupiendo a los pies de su atacante, que ocultaba su rostro bajo una capucha negra—. ¿Quieres matarme? Prueba a ensartarme en combate, al menos. No como una rata cobarde.

El encapuchado se encogió de hombros. El acero brilló en su mano.

—¿Para qué correr riesgos? El Padre de las Mentiras no recompensa a los tontos y descuidados, ni a los honorables. Solo a los que hacen bien su trabajo.

La sangre de Pulgar no tardó en salpicar las baldosas.

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