Turno 3

Alzó la mirada antes incluso de escuchar los pasos acercarse a su celda. Al fin y al cabo, ya sabía de quién se trataba. Podía sentir su presencia en cualquier instante, apuntar con un dedo y acertar la dirección en la que se encontraba. Sus miradas se cruzaron en la penumbra. Miedo, una punzada de dolor, remordimiento, tal vez incluso… Sí, podía sentirlo todo. Eso era lo que lo hacía tan horrible al final. Lo que le esperaba a él no era nada comparado con lo que le aguardaba a ella. ¿Qué podía existir que fuera peor que sentir la muerte de otro, tan intensa como la propia, a través del Vínculo?

—¿Fuiste tú?

Dudó. ¿Solucionaría algo mintiendo?

—¿Qué importa ahora? —replicó con voz amarga—. La Torre ha hablado.

—Me importa a mí.

Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

—Encontrarás a otro. Tendrás tiempo de sobra. Pero para eso… para eso deberíais encontrar a los auténticos culpables. Antes de que esto se convierta en una matanza.

Guardaron silencio. Podía sentir las emociones removiéndose dentro de ella como nunca antes lo habían hecho. Era interesante, descubrir ese lado suyo justo ahora, tan cerca del final. Uno se pasaba la vida dejando correr el tiempo, vagando sin rumbo, y de pronto, cuando ya estaba terminando su viaje…

—Hay algo que tengo que decirte aún —añadió la Aes Sedai—. Una explicación que te debo de hace tiempo…

No era necesario. Ahora podía sentirlo todo. Del mismo modo, probablemente, que podía notarlo ella. Maldito Vínculo, así lo quemara la Luz.

—No —susurró él—. No esta vez. Tal vez en el próximo giro de la Rueda…

—Sí —admitió ella—. Tal vez en el próximo.

Oberyn fue ajusticiado al atardecer. Esta vez, el resto de Guardianes no se mostraron tan de acuerdo con el asunto, y hasta entre las Aes Sedai se desataron cuchicheos y murmullos incómodos después de su muerte. No se encontró ninguna prueba realmente incriminatoria en su contra. Sin embargo, la presencia del enemigo entre las hermanas era cada vez más evidente.

Aditu permaneció en su habitación todo el tiempo, pero en cierto modo fue como si estuviera allí presente hasta el último instante.


El Myrdraal parecía haber surgido de la nada, como si se hubiera materializado en base a la misma oscuridad de la noche. Su larga túnica negra no se movía un ápice, ni siquiera conforme la criatura avanzaba a lo largo del pasillo. Emitió un siseo monstruoso, malévolo, clavando su mirada sin ojos en su futura víctima.

Esperaba el miedo que despertaba su sola presencia, contaba con la reacción titubeante del Guardián. No contaba con la bola de fuego que lo redujo a cenizas en un instante.

Antares se estremeció, reacio a dejar ir el saidin, mirando a su alrededor en busca de más enemigos. ¿Mediohombres en la Torre Blanca? Muy mal tenían que estar las cosas… ¿o tal vez fuera un síntoma de que empezaba a perder la cabeza? Por si acaso, cerró los dedos en torno al pequeño ter’angreal que le habían regalado, la varilla de plata larga y delgada que brillaba con una luz tenue, protegiéndole del daño.

Tenía que avisar a alguien. Tal vez fuera un ataque. Pero entonces harían preguntas, preguntas sobre los restos chamuscados del Myrdraal, y si cualquier Aes Sedai empezaba a atar cabos, cosa que se les daba muy bien…

Algo en el rabillo del ojo le hizo volverse a tiempo. Otros dos de aquellos monstruos avanzaban hacia él, cortándole el paso. Gruñó, dudando entre desenvainar la espada o seguir encauzando. Si perdía el control del todo…

La débil luz del ter’angreal se extinguió tras un leve parpadeo. Antares miró confuso la varilla plateada, sin comprender. Se suponía que no debía dejar de funcionar, y menos en una situación así.

Bueno, no importaba. Tenía sus propios métodos. Dejó que el saidin lo invadiera, inundándolo con aquella rabia ardiente, incontrolable. El mundo se volvió más luminoso, lleno de vida, de sensaciones que antes no podía percibir. Tan maravilloso, tan terrible al mismo tiempo. Respiró hondo y las llamas bailaron entre sus dedos.

—Venid a por mí —dijo, amenazante—. Esta vez os toca a vosotros tener miedo, para variar.

El escudo se cerró en torno a él justo entonces, a traición, separándole de la Fuente en un instante. Boqueó, sin aire, como si súbitamente le hubieran arrancado los pulmones en vez del acceso al saidin. Trató de llegar, pero la barrera era impenetrable, era como si intentara salir de un lago a través de la capa de hielo de la superficie.

Los Myrdraal bajaron las espadas, aguardando una orden. Pero el arma que atravesó a Antares lo hizo por su espalda.

—Buenas noches —se burló el asesino mientras su víctima caía al suelo, con una expresión de total confusión en sus ojos sin vida.

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