Turno 2

Derribaron a Nod en el patio, de rodillas en el centro de una tarima de madera dispuesta para la ocasión. La Torre Blanca casi al completo se había reunido, algunas por mera curiosidad, otras como gesto de aprobación. Unas cuantas hermanas y sus Guardianes expresaban su repulsa con su ausencia, la mayoría azules. Otras habían optado por asistir, pero sus ojos lo decían todo al respecto.

—Tiempos difíciles requieren decisiones difíciles —murmuró Madelaf, casi para sus adentros, aunque el comentario no pasó desapercibido para las Aes Sedai que se encontraban más cerca.

La Sede Amyrlin se acercó al condenado. La Antecámara había decretado su ejecución por una mayoría abrumadora, sobre todo teniendo en cuenta que una pena así no se aplicaba desde hacía mucho tiempo.

—¿Unas últimas palabras? —preguntó en voz alta.

Nod esbozó una sonrisa tranquila.

—La Rueda gira según sus designios —contestó—. Tal vez algún día podáis ver la Luz y comprendáis lo que habéis hecho.

Ella asintió lentamente. Lo que había que hacer, había que hacerlo. Ya no era momento de dar marcha atrás. Hizo un gesto con la cabeza, y otros dos Guardianes, Antares y Gerold, hasta entonces inmóviles detrás de Nod, dieron un paso al frente. Uno de ellos desenvainó una larga y pesada espada ceremonial.

Todo sucedió casi en un parpadeo. Nod se revolvió de pronto, moviéndose a la velocidad de un relámpago, con los ojos llameando de odio. Las cadenas que aferraban sus muñecas cayeron al suelo, humeando.

El ataque pilló a sus captores por sorpresa, y la espada centelleó por un instante en manos de Nod. Giró con ella, atacando, y solo la suerte salvó a Gerold de morir decapitado; el corte arañó su mejilla en horizontal mientras retrocedía.

Media docena de mujeres encauzaron al mismo tiempo, y Nod quedó violentamente inmovilizado, con los pies por encima del suelo y los brazos extendidos, en cruz. Una carcajada amarga escapó de sus labios.

—Vamos, adelante —dijo en tono burlón, retorciéndose—. Que la Luz os queme a todos, traidores, siervos del Oscuro. Moriréis, y seréis esclavos para siempre del Señor de la Tumba, para siempre. ¡Vamos! Terminad con esto.

Gerold recogió la espada, buscando la aprobación de Madelaf con la mirada. Ella asintió una vez más.

El acero atravesó la carne, y una niebla grisácea brotó junto con la sangre de Nod.


El sonido atronador hizo que casi todos despertaran en mitad de la noche, los Guardianes aferrando instintivamente sus armas, las Aes Sedai sintiendo un escalofrío recorrer sus espaldas. El aire parecía vibrar aún por el Poder encauzado; sin embargo, no habían sentido nada. ¿Era posible que fuera un hombre el responsable?

Sin embargo, por más que recorrieron la Torre, no encontraron nada. Ningún cadáver, ningún daño, nadie había desaparecido. Fuera quien fuera el responsable, había liberado un enorme poder… que se había desvanecido en el aire.

Algo estaba claro, de todos modos. No sabían exactamente qué era Nod, o qué había nublado su juicio, pero él no era el único peligro oculto en la Torre. Algo siniestro… y demasiado poderoso, fuera hombre o mujer.

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