Turno 1

La Rueda del Tiempo gira, y las eras llegan y pasan y dejan tras de sí recuerdos que se convierten en leyenda. La leyenda se difumina, deviene mito, e incluso el mito se ha olvidado mucho antes de que la era que lo vio nacer retorne de nuevo. En una era llamada la tercera era por algunos, una era que ha de venir, una era transcurrida hace mucho, comenzó a soplar un viento en el Espinazo del Mundo. El viento no fue el inicio, pues no existen comienzos ni finales en el eterno girar de la Rueda del Tiempo. Pero aquél fue un inicio.

El viento descendió por las laderas escarpadas envuelto en las sombras de la noche, atravesó los fértiles valles de Cairhien, siempre hacia el oeste, acariciando con un susurro los muros de la ciudad, al otro lado de los cuales los nobles conspiraban, enzarzados en su interminable juego de poder. Cruzó ríos y bosques hasta alcanzar la isla de Tar Valon, movió las hojas en la arboleda de los Ogier y se enroscó en torno a la Torre Blanca, trepando casi hasta su cúspide.

Una ráfaga agitó los cabellos del hombre, o lo que quedaba de él, que aguardaba silencioso, al refugio de las sombras. Sus ojos, aunque a primera vista no se notara, carecían de toda vida, a excepción del brillo cruel del odio. Ignorado durante todo aquél tiempo, humillado, sin ser tenido en cuenta… Eso iba a cambiar. Hizo girar la daga enjoyada entre sus dedos fríos, y el metal lanzó destellos a la luz de la luna. Ya había escogido a su primera víctima. Era hora de ponerse en marcha.

Rodeándole, el viento pasó a su lado y atravesó la estancia, girando y danzando como una muchacha, descendiendo de nuevo con un suspiro. Pasó junto a una figura alta, vestida enteramente de negro, que parecía irradiar un aura de tremenda oscuridad, pero no agitó su túnica ni su pelo. Los que se postraban ante él sabían bien el motivo: al fin y al cabo, lo que veían era poco más que una ilusión. Ninguno de los Elegidos se mostraría ante ellos con su propio rostro. ¿Acaso lo merecían?

—Tenéis vuestras instrucciones —recordó, el fuego bailando en su mirada, un efecto más de la ilusión—. No necesito recordaros el precio del fracaso, ni las recompensas que esperan a los que sirvan al Oscuro como es debido. El estandarte del Dragón se ha alzado de nuevo, y muchos se agrupan bajo él, preparándose para la Última Batalla. No permitiremos que la Torre Blanca se una a sus fuerzas. Ahora… —Esbozó una sonrisa cruel—, cumplid con vuestro objetivo.

El viento siguió su camino, entrando por una ventana y saliendo por un pasillo, recorriendo el interior de la Torre como un observador invisible, ignorando las barreras y guardas tejidas con el Poder Único. En uno de los pasillos, el Guardián se incorporó a duras penas, tratando de recuperar el aliento. La sangre se escurría entre sus dedos, el dolor se extendía lentamente por sus extremidades, como un frío entumecedor. Sabía que se encontraba cerca del fin: no era la primera vez que tenían esa certeza. Pero ahora no parecía que nada fuera a salvarle.

¿Dónde estaba su atacante? ¿Dónde se ocultaba el traidor? El acero brilló en sus manos, el emblema de una garza grabado en la hoja. Un movimiento llamó su atención, una sombra en el rabillo del ojo. Se movió como el relámpago, dejando escapar un gruñido de rabia, y la sangre le salpicó el rostro.

Cuando Madelaf llegó ya era demasiado tarde. Todos, Guardianes y hermanas, se apartaron para abrir paso a la Sede Amyrlin. Nalibia se encontraba de rodillas en el suelo, la túnica verde manchada de sangre oscura, sosteniendo la cabeza de un inmóvil Aleksandr Nevski entre sus manos. El brillo del Poder acababa de abandonarla; no había nada que hacer por él, la Curación no bastaría. No muy lejos, tendido y silencioso, otro cuerpo sin vida, el de Daro999.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz firme—. La Luz me queme, ¿qué es toda esta locura? ¿Hombres matándose entre ellos en los pasillos de la Torre? Por el Creador, que alguien ayude a estas mujeres. ¿Es que habéis perdido el poco seso que teníais?

Nica esbozó una sonrisa cansada, recostada contra uno de los muros, con los ojos enrojecidos clavados en el cadáver de su Guardián.

—Estoy bien —afirmó, la voz algo temblorosa—. No es la primera vez. Estoy bien, de verdad.

Nalibia no parecía llevarlo tan bien, pálida, con la mirada perdida. Antares, a su lado, la sostenía por los hombros, como si estuviera a punto de derrumbarse. Madelaf dejó escapar un suspiro.

—Nevski fue atacado a traición —explicó Theon con frialdad—. Una herida en el costado, probablemente de puñal. Parece que el dolor le cegó y, confundido, atacó a Daro durante su agonía. Un desafortunado error.

—Un traidor, entonces —siseó Sansalayne—. Un enemigo oculto en la Torre, alguien que busca destruirnos. ¿Hombres del Dragón, tal vez?

—O algo peor —puntualizó Eleuve—. Podríamos estar hablando de…

—No lo menciones —advirtió Madelaf—. No te atrevas a mencionarlo. Encontraremos al culpable y haremos justicia, pero como es debido. Comportaos como Aes Sedai, no como Novicias recién llegadas de una aldea. Demostrad que os merecéis ese anillo que lleváis.

Aún así, su mirada volvió a posarse sobre los dos Guardianes muertos. Algo oscuro y siniestro se ocultaba en la Torre Blanca. Algo con lo que debían terminar cuanto antes, si no querían ser destruidas en el momento en que el Entramado más las necesitaba.

Pero, ¿cómo derrotar al enemigo, cuando el enemigo podría ser cualquiera?

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